- ¿Sabes, Shabiru? Cuando dejé el hogar familiar, pensé que sería el inicio de una nueva etapa de feliz autonomía e independecia. Nunca más rendirle cuentas a nadie, no tener que supeditar mis acciones a castigos y recompensas, ni temer el discurso reprobatorio de padre cuando algo lo hacía mal. Además, la gran ciudad supondría un reto intelectual para mí, un mundo nuevo de inquietudes y posibilidades se abriría a mi paso, y muchas serían las opciones para saciar mis nuevos deseos. Pero resultó, Shabiru, que el cuento no era tan bonito como me lo había imaginado. Rendirme cuentas a mí mismo era casi más difícil que hacerlo ante el clan, la autoexigencia se convirtió en mi modelo de vida, y las comparaciones en la única forma de contacto social. Resulté ser un jefe todavía más autoritario que padre.
- ¿Y la ciudad?
- La ciudad se me apareció sombría. Abrió mis ojos y tornó mis percepciones hacia todo lo malo que habitaba el mundo. Me hizo preguntarme por el sentido de la vida y no supe encontrar respuesta. Mi vida sencilla y plana, esa en la que no existían preocupaciones ni anhelos, había dado lugar a una vida ampulosa y llena de ansia, donde nada bastaba, nada era suficiente. Me encontré a mi mismo atrapado en una espiral ascendente de difícil salida. La búsqueda de lo esencial se convirtió, en efecto, en mi peor tormento.
- Y entonces, ¿por qué no vuelves bajo la tutela de padre?
- Eso nunca, Shabiru.
1 comentarios:
Me busta :)
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