martes, 15 de noviembre de 2011

¿dónde han quedado las palabras?

Eran tiempos difíciles para los solitarios. La noche caía cada día un poco antes, y la luna casi no hacía amago de marcharse. El tiempo se estaba volviendo gélido allá fuera, y lo cierto es que la compañía de Karenin no le aportaba ningún tipo de calidez. Nada. La mantenía consigo porque tampoco tenía motivos para deshacerse de ella. 
La ventana tenía una base bastante amplia, donde Wolf solía apoyarse a mirar a través del cristal, helado. Esa mañana cumplió la tradición escrupulosamente para darse cuenta de que el paisaje era algo desolador. Todo su jardín estaba cubierto de nieve, y el único árbol que había plantado en su vida lucía sus ramas desnudas y frágiles. Más allá de las lindes, el mundo resplandecía en un blanco desafiante.
Wolf advirtió que Karenin deambulaba nerviosa por la casa, pero no le dio la mayor importancia. Al fin y al cabo, era algo que hacía la mayor parte del tiempo. Sentía un leve resentimiento por lo que representaba, pero no contra ella como ser. No era algo personal. La aparición de Karenin y su apagón creativo habían coincidido en el tiempo, pero era consciente de que ella no era el motivo. Wolf dejó la ventana y se acercó hasta la cocina, donde la cafetera aún humeaba - no hacía mucho que había preparado el café - y se sirvió una taza caliente. Sin nada. Café puro y desabrigado. Normalmente lo tomaba con leche, pero quedaba poca, y sabía que probablemente Karenin querría un poco después. Calculaba que hasta el día siguiente no podría bajar al pueblo, así que decidió reservar la leche para ella. 
Obviando sus negativas previsiones para el duro invierno que se avecinaba, Wolf se sentó a la mesa y comenzó a escribir: 

¿Dónde han quedado las palabras?

Sabía que ese no iba a ser el día de su recuperación total, pero hacía mucho que comprendió que debía seguir intentándolo, día tras día, semana tras semana. Poco a poco todo volvería a fluir. Karenin se acomodó en el asiento de al lado, y él le dedicó una mirada profunda. Suspiró.

- ¿Sabes? Ni me ayudas ni me perjudicas, pero me recuerdas profundamente a ella. Ella es quién tiene la culpa de todo, no tú, aunque tu presencia aquí viniera de su mano. De todos modos, creo que preferiría algo de soledad aquí. Tengo la impresión de que las palabras solo se atreverán a volver si estoy completamente solo, ¿comprendes? No es nada personal.

Karenin dedicó a Wolf una mirada taimada, hizo un leve ronroneo y abandonó el taburete de un salto, desapareciendo tras la puerta de roble. 

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