viernes, 23 de septiembre de 2011

los días raros

Esa mañana él la estaba esperando en el interior del edificio oeste. Normalmente no tenían que entrar allí para nada, pero a él le gustaba mucho el lugar, y decidió que sería una bonita forma de empezar a acortar distancias. Lo que más le atraía del lugar era que a simple vista, y desde el exterior, parecía un edificio moderno normal y corriente, sin nada especial que le diferenciara de sus hermanos. Sin embargo, el patio interior había sido cuidadosamente diseñado, como si el creador hubiera pretendido concebir un pequeño remanso de paz en medio de aquel jaleo de idas y venidas. Los arcos ocres que remataban las paredes resaltaban sobre el azul cristalino de la fuente que dominaba el centro de la estancia, fuertemente iluminada por el constante sol que reinaba en esa ciudad. Al fondo, un ventilador mecía suavemente las ramas de las plantas cercanas. El silencio era poco más que inaudible.
A esas alturas de la relación, no había nada con qué sorprenderla, sin embargo él decidió esperarla con un ejemplar de su libro favorito entre las manos. Y mientras aguardaba, sentado al borde de la fuente, releyó algunos pasajes marcados que en algún momento de su vida habían emocionado a ambos. Hablaban de  aldeas en ruinas y de viejas islas legendarias. De sentimientos en cenizas e historias incompletas, de inconexos trazos de vida que nunca llegarían a coger forma. Hablaban de ellos.
Cuando ella llegó, le besó en la mejilla y la notó húmeda. Y es que para él estaban siendo unos días raros, pero eso ella nunca lo comprendería. Porque el corazón de ella hacía ya mucho que se había congelado, pero el suyo hacía muy poco que había empezado a tiritar. Y en esa situación, todo lo que pudo hacer fue agarrarle la mano y tratar de sonreír, sin éxito.