jueves, 4 de agosto de 2011

waking up

Como casi siempre, le costó un poco, pero al final acabó dándose cuenta. La forma de descubrirlo, no terminaba de comprenderla, pero eso tampoco le sorprendía. Ya estaba acostumbrado a que ese tipo de ideas le vinieran de repente, como por insight, que dirían los entendidos. 

El día había empezado de forma tranquila; como no tenía nada que hacer, había subido hasta un parque no muy lejano, que a esas horas y en esa época del año se encontraba más vacío de lo habitual, y se había sentado en uno de los bancos que rodeaban el pequeño parterre central. No había flores, pero el ambiente era de un verde intenso, lo cual destacaba con el gris que asolaba el cielo esa mañana. No llovería, o al menos, eso esperaba él, sin embargo el sol no parecía tener el coraje suficiente para dar la cara esa mañana. Pese a la ausencia de gente, se escudó tras la protección de sus auriculares, y el suave rock visceral de Anna Calvi empezó a mecerse en sus oídos, mientras sus dedos pasaban ávidos las páginas del libro que acababa de comprar. 

En algún punto posterior de esa misma mañana, escuchó un leve maullido. Se dio cuenta entonces de que hacía rato que ya no sonaba la música, pero estaba tan concentrado en la lectura que no lo había notado. El maullido provenía, como puede sospecharse, de un gato. Un gato pardo de tamaño mediano que le observaba desde una prudente distancia. Le escudriñaba, más bien. De hecho, pese a ser consciente de que era una locura, creyó apreciar cierto fulgor en los ojos del felino que indicaba desconfianza o recelo; así que movido por una punzada de prudencia, decidió cerrar el libro y emprender la marcha. Al fin y al cabo tenía todas las de perder en una batalla psicológica contra un gato, y eso lo sabía. Se le antojó que la opción más acertada sería trasladarse al puerto; no estaba muy lejos de allí, así que podría ir paseando, y el rumor del oleaje le ayudaría a olvidarse del minino, volviendo a volcar todos sus sentidos sobre la lectura. 

En el puerto se erigía una pequeña zona comercial, con algunos puestos ambulantes de comida, bebida y souvenirs de la ciudad. Varias embarcaciones de pequeño tamaño ofrecían excursiones a mar abierto para los turistas, con la condición de saquearles el bolsillo a cambio. Un poco más allá, rodeando la zona comercial por su parte trasera, se extendía a lo largo un pequeño paseo marítimo, que solo contaba con algunos bancos y un reducido número de árboles para dar algo de sombra. El día había llegado a su ecuador, y el sol, por lo tanto, estaba en su punto más alto. Se sentó en uno de los bancos, en el extremo, entornó un poco los ojos al mirar hacia el mar, respiró hondo y sin más rodeos reanudó su lectura, con la salvedad de que esta vez la única música que le acompañaba era el murmullo de las olas. 

Al cabo de un rato, notó una presencia a su lado. Como no quería parecer indiscreto o maleducado, siguió unos minutos con la mirada fija en el libro, para luego dar cuenta disimuladamente de quién había invadido su soledad. Resultó ser un señor mayor, cuyo color de piel rojizo parecía indicar que era un turista poco precavido. Los pantalones de traje gris a juego con unas sandalias marrones (con calcetines, por supuesto) confirmaron sus sospechas. Durante más de media hora, el hombre solo se dedicó a mirar el mar, mientras apuraba una Pepsi light, que de buen seguro estaría ya caliente. 

A los pocos minutos, otra figura se acercó por su derecha, pero antes siquiera de que pudiera girar la cabeza para identificarla, una voz femenina con acento argentino preguntó:

- ¿Me dejás vos un sitito, por favor?

Sin apenas darse cuenta de lo que sucedía, ya se había echado a un lado, y la joven había ocupado el extremo del banco sobre el que previamente él reinaba. La chica daba cuenta de una hamburguesa y un refresco de uno de los puestos ambulantes, mientras echaba un vistazo ocasional a su equipaje, que descansaba junto al banco. En ese momento se encontraba en el centro del banco, flanqueado por dos extraños consumidores de refrescos, que no hacían sino mirar al mar, igual que él, que, de nuevo sin percatarse, había cerrado su libro, abandonándose a los placeres de la contemplación y la procrastinación. De repente le asaltó una extraña sensación de tranquilidad; se sentía seguro entre esos dos extraños. Eso era raro; siempre había tenido una tendencia innata hacia la ocupación de espacios sociófugos, y sin embargo, ahí estaba, disfrutando de una compañía ajena y silenciosa, deseando que ninguno de los dos extraños abandonara el banco. La explicación, pensó, sería que sencillamente se había acostumbrado; normalmente le costaba amoldarse a los cambios, de modo que cuando se acostumbraba a algo, lo que fuera, ya no quería que ese algo fuera diferente. 

Y entonces: clic.

Se dio cuenta de que llevaba un año en standby. De que llevaba un montón de meses deambulando por ahí con el piloto automático encendido, sin pensar nada, sin sentir nada. Había navegado durante tanto tiempo en esa neutralidad emocional, que inevitablemente se había acostumbrado. Y lo peor es que hasta ese momento no se había dado cuenta de ello. ¡No tenía ni idea! Se sorprendió mucho por el descubrimiento. Entonces miró a sus ausentes compañeros, y sin pensárselo dos veces se levantó del banco y echó a andar, alejándose de allí con paso firme. Al fin y al cabo, no le gustaba la presencia de extraños, y esos dos estaban cuestionando su convicción.

Y mientras se alejaba, bordeando el mar, sonrío para sí y pensó:

- Bienvenido de nuevo. Te he echado de menos.

2 comentarios:

Noa dijo...
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