miércoles, 4 de mayo de 2011

Roads

Acababa de terminar un pasaje del libro que estaba leyendo en ese momento, así que decidí interrumpir la lectura hasta la noche, y lo cerré. Me quedé observando por un tiempo la portada, algo estropeada, ya que era una edición de bolsillo barata y llevaba acompañándome ya varios viajes - mi capacidad lectora se había visto reducida por el ajetreo de los últimos meses - antes de volver a colocarlo con cuidado dentro de la mochila de cuero.  El tren avanzaba a una velocidad constante, mientras mis compañeros de viaje parecían muy ensimismados en sus respectivas tareas de entretenimiento. Ella leía un libro de aventuras, él dormía. No quise molestarlos, así que me puse los cascos y encendí el reproductor de música. Portishead creo que fueron mis elegidos en aquella ocasión. Hacía ya rato que habíamos dejado atrás la costa, así que las fuertes ráfagas de arena que durante la mañana se había empeñado en estropear nuestros planes ya no azotaban los costados de la pesada máquina ferroviaria. La verdad era que no había sido el día más acertado para aquella excursión, pero en fin, allí estábamos nosotros, sin tiempo que perder. 
Como no tenía sueño, dirigí mi mirada hacia la ventana derecha, y mis ojos se perdieron en la lejanía del paisaje, mientras la música, algo nostálgica quizás, iba envolviéndome con suavidad. Me sorprendió el verdor del paisaje, más propio quizás del norte de España que del oeste de Bélgica. Todo lo que alcanzaban a ver mis ojos estaba cubierto por una inmensa capa de hierba de color verde intenso. Todo. Y sobre ella, junto a un estrecho riachuelo que corría paralelamente a las vías del tren, varios animales y un número considerable de árboles frondosos parecían descansar tranquilos. Me pareció casi idílico, perfecto. Estuve un rato contemplándolo, hasta que por casualidad, volví la cabeza hacia la izquierda, donde el contraste me impactó de forma notable. Ante mis ojos se extendía una imagen completamente opuesta a la que había estado contemplando hacía un momento: a la izquierda del tren, una inmensa explanada de cemento cubría la infinidad del paisaje. Por más que avanzaba el tren la explanada no parecía acabarse, y además, se extendía sin fin hacia el horizonte. Sin embargo, esto no hubiera sido tan perturbador de no haber sido porque dicha explanada estaba poblada por decenas de miles de coches desguazados que descansaban eternamente, perfectamente alineados, formando un horrible e inmenso cementerio de coches. Volví a mirar a la derecha, pensando que, a la velocidad que íbamos, el pequeño riachuelo habría tocado ya a su fin, pero el agua clara y los animales seguía mirándome desde ese lado del tren, como así lo hizo el camposanto automovilístico cuando devolví mi mirada hacia el lado contrario. Aquella extraña exhibición de polos opuestos no parecía querer tener fin, así que cerré los ojos durante unos instantes - durante los que me di cuenta que hacía un rato que desoía lo que me susurraba la buena de Gibbons - y empecé a pensar si aquella inmensa polaridad vida-muerte no sería algún tipo de misterio envuelto en un enigma que el universo trataba de enviarme, alguna señal secreta de vital importancia que tenía que interpretar. Eso no son más que tonterías, pensé, has percibido las cosas de manera exagerada. Cuando volví abrir los ojos, comprobé que nuestro tren seguía avanzando inexorablemente entre animales vivos y coches muertos. Entonces volví a sumirme en mi propia oscuridad, y decidí seguir viajando por el limbo, hasta dónde fuera que este quisiera llevarme.



1 comentario:

Piña dijo...

Las cosas que se ven desde los trenes belgas son muy raras. No sé si te conté que en tren de vuelta vi (mientras Alba dormía cuan marmota) una procesión de niños, de carnaval o de nosequé con las primeras luces del día. Era casi fantasmal, pero metían un ruido que no veas. Eso si, Alba ni se inmutó, así que cabe la posibilidad de que en tal estado mental soñase despierta. xD