domingo, 6 de marzo de 2011

zeitgeist

Cuando llegué al restaurante aquella noche ella ya me estaba esperando. Por lo que vi, no era una chica que tuviera reparos en entrar sola a un restaurante, pedir mesa para dos, y sentarse a esperar, aún a riesgo de atravesar la posible humillación de que te dejen plantada. La observé un momento a través de la cristalera, antes de reunirme con ella en el interior de la trattoria. Había pedido una botella de vino blanco y se había servido en su copa. Mientras esperaba, observaba sus manos entrelazadas delante de sus ojos. Finalmente me decidí a entrar. Indiqué al maître que mi acompañante ya había ocupado nuestra mesa, y me dirigí directamente hacia ella, que al sentir mi presencia, posó las manos sobre el inmaculado mantel y esbozó una tímida sonrisa. Cuando me hube sentado, sirvió un poco de vino en mi copa, y rellenó la suya. Esa breve escena dejaba entrever en ella un cierto aire de seguridad. Se me ocurrió pensar que quizás la timidez percibida en su sonrisa de bienvenida no era sino un enmascaramiento de su auténtica personalidad arrolladora. Quizás no quería impresionarme, no tan pronto al menos. Aunque si era su intención, el leve detalle del vino había echado por tierra sus planes. 

Estuvimos hablando largo rato, hasta que los gnocchis llegaron, humeantes. Le agradaba el olor a salmón que desprendía su plato; lo supe por como se abrieron ligeramente sus fosas nasales, al tiempo que entornaba los ojos. Sus ojos. Eran grandes, y de un negro tan intenso que parecía que pudieras perderte en ellos. Poseía una de esas miradas penetrantes, casi intimidatorias, pero con un deje de sensualidad, que caracterizaba a las chicas del sur. Su voz, por otro lado, era una compañera de juegos perfecta. Un partenaire de altura, que le permitía todo el rato llevar el mando de la conversación, manteniendo constantemente una dualidad confusa entre la madurez soberbia de aquella mujer que se siente dueña de toda situación, y la inocente ingenuidad de aquella que refleja su necesidad de protección paternal. 

El tiempo pasó muy rápido aquella noche. Cuando me quise dar cuenta, apurábamos ya la segunda botella de vino, mientras con una cucharilla de plata rebañábamos el exceso de nata que brillaba en nuestros platos de postre. Para aquel entonces, el alcohol había devuelto la sinceridad a su sonrisa y a sus ojos, que se habían vendido al placentero éxtasis del momento. Las palabras vibraban en su boca, y cada palabra que decía flotaba entre nosotros, mezclándose con el vino, minando mis defensas. En realidad no sé si la escuchaba realmente, o si solo me dedicaba a observarla, a aprenderme las arrugas de sus ojos al reír, y a mimetizarme con su risa. 

 - ¿Alguna vez has horneado un bizcocho?
 - ¿Yo? Sí, los de limón me salen muy buenos. Aunque hace tiempo que no hago ninguno.
 - A mí me parece fascinante. Me encanta la sensación de estar preparando algo con esmero, y que, al momento de meterlo en el horno, empiece a crecer, a florecer. ¿No te parece fascinante?
 - Nunca me lo había planteado así...
 - Yo siempre he contemplado esta metáfora en mi mente: la vida como un bizcocho. No te rías, sé que suena tonto, pero tiene su sentido si lo piensas. Te pasas una serie de años preparándote, removiendo, estudiando, amasando, aprendiendo como funciona el mundo. Durante ese tiempo sueles estar en buenas manos. Manos experimentadas que ya han hecho muchos bizcochos, y confías en ellos. Y durante todo ese tiempo no sueles tener nada de lo que preocuparte. Hasta que llega el momento en el que crees (o creen) que estás listo para enfrentarte al mundo, y es entonces cuando encienden el horno y te meten dentro. Y ahí creces. 
 - Pues a más de uno olvidaron ponerle levadura...
 - Ese es el problema, que solo puedes mezclar los ingredientes una vez. Empezado el proceso, ya no hay marcha atrás, ya todo depende de tu simbiosis con el horno. Cualquier fallo de base es difícil de arreglar. Así que es ahí cuando se demuestra si el proceso previo fue acertado o no. 
 - Tú has cumplido los diecinueve hace poco, ¿crees que estás lista para enfrentarte al mundo?
 - Eso creo.
 - Ve precalentando el horno entonces.

3 comentarios:

Alf dijo...

Mi calenturienta mente hace que se me ocurran comentarios soeces, pero me voy a contener.

Te diré un par de cosas:

1. ¿Por qué vino blanco? Sabe considerablemente peor y es para gente de mal gusto, ¿No has visto "el hijo del la novia"? xD

3. Pequeños fragmentos que te dan suficiente informacion como para imaginar el resto de sus vidas. Qué perfecto eres

(te diré el punto 2 cuando se me ocurra)

:)

Noa dijo...

Me ha hecho pensar lo del bizcocho; que gran teoría.
<3

Solindonga dijo...

A veces no es que falte levadura, sino que crecer y prosperar hoy en día es realmente difícil.

Besorros ;)