miércoles, 9 de febrero de 2011

Pieces of Berlin #1

En la calle hace un frío desgarrador. Bueno, quizás la temperatura no sea muy baja, pero he dejado la ropa térmica en casa, y el viento no hace sino empeorar la sensación de frío. Después de un rato decidiendo si, pese al frío, seguir buscando una forma de llegar a casa, o si por el contrario resguardarnos del mismo hasta que abra el metro, hemos optado por lo segundo. El lugar elegido para guarecernos no podía ser más siniestro. Un enorme cartel con luces de neón anuncia el nombre del local: Palm Beach. Muy apropiado para el mes de febrero, pienso. El suelo cubierto de arena de playa y el local decorado con palmeras y chiringuitos. Intentamos pasar desapercibidos. Nuestro plan es mirar la carta hasta que sea la hora de irnos, evitando así consumir. Pero claro, las camareras que trabajan en ese tipo de locales no son tontas, y con un aire muy poco veraniego que nos recuerda que todo allí es falso, nos pregunta varias veces qué queremos tomar. Al final nos vemos obligados a pedir un chocolate para los tres. Al menos nos servirá para entrar en calor. Al fondo hay una pareja que no para de darse amor. Me pregunto si también su amor será de plástico, como las palmeras. Nada en ese sitio es agradable. Los tres estamos de acuerdo en que, pese a no haber nada inmoral, no es el tipo de sitio que uno se sentiría orgulloso de frecuentar. Cuando salimos de casa hace unas horas nadie podía predecir que la noche acabaría así, pero ya se sabe cómo son estas cosas.

Tras una larga hora deleitándonos con el chocolate y el post-chocolate, nos encaminamos hacia la estación de metro más cercana. Son las 4 a.m., Berlín está despertándose, aunque nosotros nos caemos de sueño. Una chica, sentada frente a nosotros, lee un libro mientras espera un tren. Demasiado temprano (o tarde) para lecturas, en mi opinión. En nuestro caso, Modest Mouse suena desde el iPhone de Michael. No los conozco, pero suenan bien. Roxana se ha quedado dormida en el banco. Formamos una bonita estampa, supongo. El puesto de los cruasanes ha abierto hace no mucho, y huele a recién hecho. Barajamos la posibilidad de que sepan bien. Yo digo que no. Michael se atreve a comprobarlo y va a comprar uno. El iPhone pasa a mis manos y cambio a Muse. Shit, it's like a rock. I told you. Me siento orgulloso por haber acertado en cuanto al cruasán. Roxana sigue dormida. La chica del libro ya no está. La estación se va llenando de gente. ¿Pero a santo de qué madrugan tanto aquí? Nos escondemos para divertirnos un poco y asustamos a Roxana, que se despierta sobresaltada. Nuestro tren. 45 minutos después descansamos en la cama. Tenemos más trenes que coger por la mañana.