domingo, 16 de enero de 2011


A Sally le gustaba cocinar para Adam, pero solo cuando este no se encontraba en casa. No me gusta compartir mis secretos culinarios, decía. Así que aprovechaba esos ratitos en los que él la castigaba con su ausencia para encender los fogones y ponerse manos a la obra. Sabía que a ojos de algunas amigas parecía la típica mujer florero que no permite que su marido mueva un dedo en casa, pero ella sabía que no era así. Primero, porque Adam no era su marido. Segundo, porque ella disfrutaba. Disfrutaba cocinando, disfrutaba comiendo y disfrutaba viendo la cara de él cuando probaba el resultado. Este era el momento más importante para ella. La decisión final. La expresión de Adam al probar la comida, o más bien la interpretación que de ella hacía Sally, era crucial a la hora de determinar su estado de ánimo al irse a la cama.

     ¿Qué te pasa? Te noto algo apagada… - le decía él mientras la arropaba con sus brazos por encima de la sábana.
     No, nada.

Pero ambos sabían que era mentira. Y la decepción acompañaba irremediablemente a Sally en su camino hasta el sueño. Esa mañana, los pequeños dedos de Sally se encontraban dando forma a la masa de un bizcocho. Le gustaba mucho introducir los dedos en la suave y esponjosa mezcla, y dejarlos ahí durante unos segundos. No entiendo por qué hay gente a la que le da asco, pensaba.  El problema venía cuando le picaba la nariz y tenía que correr al lavabo para enjuagarse las manos antes de rascarse. Porque mancharse las manos estaba bien, pero la cara ya era otro asunto. Con las manos ya limpias, Sally se rascó la nariz, y echó el cuello un poco hacia atrás para verse el pequeño lunar que tenía en la parte posterior del hombro. Empezó a toquetearlo distraídamente,  pero de pronto la sobresaltó el ruido de las llaves en la puerta. Mierda.


     ¿Qué está preparando mi cocinera preferida? Te he pillado con las manos en la masa - Apuntó Adam, divertido.
Pues sí, la había pillado, y a ella no le hacía ninguna gracia. No le gustaba que vieran su obra inacabada. Pero qué remedio, Adam ya avanzaba hacia ella sonriente, para al llegar junto a su cuerpo menudo, rodearlo con su brazo izquierdo, mientras con la mano derecha le quitaba un trozo de masa que tenía aún pegada a la mejilla, donde luego depositaría un beso. Después, se llevó el dedo a los labios y lo probó.

      Delicioso.

Ya estaba hecho, esa noche Sally dormiría envuelta en una dulce satisfacción. 



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Molas mazo.

Audrey dijo...

Es increíble lo determinante que puede ser para uno mismo recibir de alguien algo que esperamos con todas nuestras ganas. Y más increíble aún que nos guste tanto. La total independencia no existe (son los padres).

Me gusta tu blog, no sé por qué no te seguía ya.