miércoles, 12 de enero de 2011

Popcorn

Cuando por fin eligieron el asiento adecuado, en la fila adecuada, Javier se recostó cómodamente en la butaca – todo lo cómodo que aquellas modernas butacas le permitían.  Siempre hacían el paripé de la difícil decisión del sitio,  lo que les permitía otear la platea con discreción y ver qué nuevas personas había y quiénes les habían obsequiado con su ausencia,  pero en realidad siempre se sentaban en el mismo sitio. A pesar de ser septiembre, hacía un poco de frío dentro de la sala. Bueno, y fuera también, todo sea dicho. Ni siquiera el café, cuyo vaso vacío aún mantenía en la mano, a expensas de encontrar un buen sitio dónde esconderlo, le había reconfortado. Se acordó de pronto de la encargada de la cafetería. Era un pequeño local situado en medio de una plaza bastante concurrida, cerca de dónde ellos estaban ahora. La dueña del local le había impresionado ligeramente. Era una de esas mujeres que podían presumir de haberse hecho a sí mismas, de haberse desprendido del yugo asfixiante que supone la supremacía masculina, y había salido a flote con un negocio propio. Una de esas mujeres que van de duras, pero que por las noches lloran en la cama. Porque están solas. De repente empezó a pensar en cuántas mujeres así habría en el mundo, y en si no estaría reñida la autorrealización con la felicidad personal. Con la intimidad, con el amor. Prefirió aparcar el tema. Él de momento era feliz en su mundo de cafés apresurados y críticas mordaces. Porque a eso se estaba dedicando esa semana. Nunca había hecho una película, y sus ideas sobre cine no iban mucho más allá de los últimos estrenos y algunas perlas de cine clásico, pero se sentía en disposición de alumbrar a los demás con sus más corrosivas y virulentas frases de reproche Las alabanzas, en su mayoría irónicas, escaseaban. Pero no pasaba nada, porque los juicios de opinión estaban a la orden del día en aquella sala. Para eso les pagaban, o al menos así se sentían ellos, porque lo cierto es que la única compensación que recibían a cambio de su ilustre sabiduría era un mísero bocadillo de salami entre proyección y proyección.  

Esa tarde decidió optar – tan ardua decisión como la elección del asiento -  por la misma postura de aquella mañana. De aquella mañana y de todos los días. El culo en el borde del asiento, la nuca en el borde del respaldo y las rodillas haciendo un sufrido esfuerzo por no atravesar el asiento delantero. Misma sintonía. Misma duración de la película. Mismo plan para después de la película – otra película -  y, por delante, la difícil y agradecida tarea de impresionar a sus semejantes con una petulante opinión que en realidad no importaba a nadie.

-           ¿Qué película toca ahora?
-           No tengo ni la menor idea.

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