martes, 28 de diciembre de 2010

Absence de lumière

A esas horas de la noche no pasa nadie por aquí. Los obreros se han ido a casa hace ya algunas horas, y ahora se encontrarán descansando, para por la mañana emprender una nueva jornada de trabajo en el nuevo edificio. Desde la acera de enfrente, apoyado sobre la fría carrocería de un coche mal aparcado, nuestro protagonista contempla curioso el único rascacielos de la ciudad. Aún no está terminado, faltan algunos detalles, pero la estructura básica se impone ante él como una oscura sombra amenazante. En cada una de las cuarenta y dos plantas que componen el gigante de hormigón se ven algunas luces, cuya disposición irregular confiere al conjunto un aire un tanto desolador. No es que sea gran cosa, sobre todo comparado con la moderna arquitectura que desde hace algunos años se expande como el fuego a lo largo de todo el país, pero para una pequeña ciudad como esta, el hecho de contar con un nuevo centro administrativo de este calibre supone todo un avance, tanto económico como cultural.

Corre un viento suave pero gélido, impropio de esta época del año, pero esto no parece importarle a nuestro protagonista. Con los brazos cruzados sobre el pecho, nuestro chico alterna la mirada entre el nuevo edificio y el suelo bajo sus pies. Tiene miedo. Y tiene dudas, acerca de demasiadas cosas. Cada vez que un nuevo tema atraviesa su mente, su mirada cambia de objetivo. Al frente. Al suelo. Al frente. Al suelo. De vez en cuando se toca la barbilla, la acaricia con suavidad. Entonces se acuerda de algo y mete la mano derecha en el bolsillo de la cazadora de pana. Saca una hamburguesa. Desenvuelve con cuidado el papel plastificado que la envuelve, hace con él una bola y se la mete en el bolsillo. Ya lo tirará después, cuando encuentre una papelera. Antes de comerse la hamburguesa, se queda un rato más en standby, contemplando las ventanas, que se extienden como pequeñas celdillas de un panal de abejas. Entonces encoge la mirada y frunce el ceño, echando la cabeza un poco hacia delante. Sí, en una de las celdillas ha visto a una abeja obrera, o a una abeja reina, no puede saberlo con seguridad. Una pequeña sombra se mueve ante la luz amarillenta, pero desaparece pronto, y la luz se apaga. ¿Es posible que quede aún alguien ahí dentro? No lo sabemos, pero no parece ser algo que a nuestro chico le importe mucho en este momento. Antes de terminar su pequeño aperitivo ya se ha olvidado del asunto, y ha vuelto irremediablemente a sus pensamientos previos.

Cuando termina de comer, se limpia la mano en la pernera del pantalón, y vuelve a introducirla en el bolsillo de la chaqueta. Esta vez saca un reproductor de música. Se coloca los auriculares en las orejas y enciende el aparato, recostándose sobre el coche y cerrando los ojos durante unos minutos. Cuando los vuelve a abrir, su expresión parece algo turbada, y una lágrima corre por su mejilla, valiente, precisa, para luego caer al suelo a duras penas asfaltado. Justo en el momento en que una figura aparece saliendo del edificio. Es una chica, y se aproxima directa hacia él, valiente, precisa. Nos damos cuenta entonces de que se ha acabado la cinta.

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