sábado, 25 de diciembre de 2010

Noël


Cuando era pequeñito solía ser un entusiasta de la Navidad. Me encantaba el efecto que provocaban en mí las luces navideñas, las vacaciones, el hecho de reunirme en casa con mi familia y esperar ansioso a recibir regalos, cuanto más grandes, mejor.


Luego, de repente, dejó de gustarme. Empecé a oler un halo de hipocresía en torno a esta fiesta, a la vez que la nostalgia empezaba a aparecer en mi vida, recordándome algunas ausencias. Además, yo ya no estaba en casa para decorarla, y si yo, que soy el pequeño, no lo hago, no lo hace nadie. Por lo que la situación se entristeció más aún.



Después de dos o tres años quejándome de lo poco que me gusta la Navidad, he aprendido que quejarse es la vía fácil. He aprendido a encajar la Navidad como un pequeño temporal agridulce que nos asola una vez al año. He aprendido a ignorar lo agrio y a disfrutar lo dulce. Aún así, todavía no tengo muy claro qué terreno pisar cuando ambos regresamos a esta ciudad.



Cenar, sonreír, comer, sonreír, reírte al ver a tu hermano disfrazado de armadillo de Navidad (inclusión obligatoria, he cumplido).



Queridos Reyes Magos: Que la estrella os siga guiando.

1 comentario:

Frusly dijo...

La ausencia durante el curso durante estos tres años me ha enseñado a darle el verdadero valor. Antes me empeñaba en echar pestes, ahora solo me limito a odiar la Navidad que se ha inventado el Corte Inglés y sucadáneos.

Un saludote.