domingo, 26 de diciembre de 2010

Blitzkrieg

A veces me encierro a mí mismo en un universo de palabras etéreas. Construyo a mí alrededor un muro, firme algunas veces, débil otras. Real algunas veces, ficticio otras. Pero un muro al fin y al cabo. Y dentro de ese espacio amurallado sólo nos encontramos nosotros. Las letras y yo. Ellas varían a veces el canal por el que viajan. Lo hacen por el aire, rítmicamente acompañadas por sonidos más o menos cristalinos, dependiendo de la acústica que permita el muro. También lo hacen por el papel, saltando de una página a otra, apareciendo, desapareciendo. Y a veces incluso lo hacen por la nada; aparecen de forma efímera en mi cabeza, y se desvanecen rápidamente, antes de llegar a materializarse.  Sin embargo, el que nunca cambia soy yo. Siempre me encuentro a mí mismo sentado frente al muro, piernas cruzadas, semblante serio, observando como este se alza vertiginosamente ante mí, cada segundo un poco más alto. Entonces las palabras empiezan a elevarse, en el aire denso que se va formando dentro de este cilindro textual. Y mientras suben, se mezclan unas con otras, se enredan, confusas. Y yo miro hacia arriba, e intento descifrarlas, desenmarañar la madeja de puntos y comas. Pero no puedo. Intento gritar pero tampoco puedo. Y las únicas palabras que no suben son las de mi cabeza, que incesantemente chocan contra las paredes de mi cráneo, en un intento desesperado de alcanzar una libertad incierta. Y mis mejillas se van encendiendo, adquiriendo paulatinamente un color rojo oscuro.
En ese momento de máximo fervor, separo los brazos de mi cuerpo y toco el muro con las manos, sin quitar la vista del cénit ilegible. Y entonces las palabras se detienen, se vuelven nítidas, encuentran un equilibrio emocional, se juntan, se separan, se hacen legibles. Y cuando todo empieza a cobrar sentido, escucho un ruido sordo a mi espalda. Contrasta irremediablemente con el ambiente, debido a la naturaleza no verbal del nuevo sonido. Y al girar bruscamente la cabeza, veo que alguien ha atravesado el muro. ¿Cuándo he colocado yo ahí una puerta? El intruso me mira, perplejo, confuso, pero no se detiene. Una nueva mirada alzada me revela que las palabras se han adherido a las paredes del muro, formando esperpénticas pintadas sin forma ni color. Estáticas. Sin significado. El intruso ha devuelto el caos. Pero este no dura mucho tiempo, porque a una nueva y fugaz mirada hacia el muro por parte del intruso, este se desvanece. La guerra ha terminado, y las palabras son libres otra vez. 

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