martes, 14 de diciembre de 2010

Amsterdam (B-Side)


Bueno pues, como podéis suponer, hace bien poco, y aprovechando que estaba aquí mi familia, decidí darle la vuelta a la cinta, y comprobar qué escondía Amsterdam por la otra cara.


Marchamos un viernes por la tarde, así que llegamos allí ya por la noche. Y como aquí la peña estaba reventada de haber estado toda la mañana por Bruselas, nos fuimos a dormir enseguida. Cabe resaltar que por el camino hice unos amigos españoles (cuyos nombres no recuerdo) que estaban de erasmus en Bratislava, y que casualmente se quedaban en el mismo hostel en el que nos quedamos nosotros un mes atrás. Así que fuimos juntos en el tranvía, y me sentí muy bien de poder indicarles como llegar. ¡Ya domino la zona!

Al día siguiente, tras un vitamínico desayuno a base de cosas que engordan (oh, sí) nos dirigimos directamente a la casa de Anna Frank. Y digo directamente porque no íbamos a ningún otro sitio antes, porque realmente directos, directos… no fuimos, más bien fuimos trazando un círculo. Pero al final la encontramos. La casa de Anna Frank me pareció bastante impactante, pese a estar vacía. También influye, supongo, el que me haya leído el libro hace menos de un año. Hay mucha gente a la que no le gusta este museo porque no tiene gran cosa (repito, la casa está vacía) pero cuando conoces la historia, puedes recrear los espacios tal como los recuerdas, o tal como los recordaba ella. Lo que no me gustó fue el precio, (casi 9€ por un pedazo de Historia). Pero bueno, había documentales y documentos (valga la redundancia) bastante guays, así que mereció la pena.

Después de esto, y mientras nos enterábamos de la baja masiva de los controladores aéreos españoles (¡pero qué sueeeeeeerte!), nos encontrábamos con que fuera del museo estaba cayendo la nevada más gorda que yo haya visto nunca (claro, que solo he visto tres o cuatro nevadas en mi vida). El caso es que era imposible andar, y solo veías blanco. Así que cogimos un bus calentito que nos llevó hasta Museumplein, donde nos adentramos en el fantástico y desorbitadamente (si me permitís inventarme esta palabra, aunque no esté aceptada por mi odiada, amada, od… RAE) caro museo de Van Gogh (14€).  Me gustó bastante, también porque es un pintor que me gusta. Pero, como siempre que voy a un museo, acabé cansado después de dos plantas, así que una vez visto todo lo que me interesaba, decidí suprimir alguna planta que no era exactamente de Van Gogh, sino de algún contemporáneo suyo y abrir paso hacia algún sitio de comidas, que la cultura alimenta la mente pero no el estómago.

La comida duró tres horas aproximadamente, ya veis las ganas que teníamos de seguir luchando con la nieve.

Después de comer fuimos a la Heineken Experience. No es un museo, es un parque de atracciones de cerveza. Bueno, en la primera sala te explican brevemente (en un vídeo de cinco minutos) la historia de Heineken. Pero las siguientes mil salas son cosas menos didácticas, aunque más divertidas: máquinas de hacer cerveza, vídeos 4D, customización (palabra tampoco aceptada por la RAE) de tu propio botellín de Heineken por el módico precio de 5€ extra, aparte de los 15€ que ya costaba en sí la entrada, y un bar, en que al menos te invitaban a un par de tercios. A mi me gustó, pero yo creo que soy fácilmente complacible (PTAPLRAE).

En medio de la evening (fuck you), decidimos ir a pasear por el afable y apacible barrio rojo. Paseamos. Ninguna diferencia con respecto a la experiencia anterior (bueno, esta vez fue menos divertido). Nos compramos unas hamburguesas y unas frietjes con salsa joppie y nos fuimos a jugar a las cartas al hotel.

Al día siguiente repetimos el mismo tour que ya había hecho yo la vez anterior. 85% igual, aunque era un guía diferente. Nos contó que Tarantino se había pasado nosecuantos días fumando weed en un coffee shop de Amsterdam mientras escribía el guión de Pulp Fiction. Una bonita historia sobre el origen de la creatividad en el cine.
Lo único diferente fue que esta vez fuimos a comer a un sitio a donde nos llevó el guía. Comimos salchichas con puré de patatas (¿típico de allí?) y bebimos cerveza. Estaba todo muy rico, y la música del restaurante era bastante buena, me entraron ganas de quedarme allí hasta la noche, y tomarme un copón del Country. Pero no podía ser, porque había que coger el autobús y volver a Leuven. Y eso hicimos. Y de esta forma tan abrupta termino mi segundo relato sobre Amsterdam, ciudad de vacaciones.

Como veis, todo en esta vida tiene dos caras, incluidos mis sentimientos hacia la RAE.

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