sábado, 13 de noviembre de 2010

Norwegian Wood

Va a ser largo, aviso:


Hará cosa de dos-tres semanas que decidimos coger un billete a Oslo, porque era lo más barato que había con Ryanair, y porque ninguno de los tres que hemos ido (Ce, Eva y yo) habíamos estado antes en la capital noruega. Y bueno, el caso es que después de unos días curioseando por Internet las cosas que podíamos hacer en Oslo, nos plantificamos allí el martes por la noche con una agenda bastante apretada. 


Los vuelos de Ryanair a Oslo aterrizan en dos aeropuertos, que están a cada cual más lejos de la propia ciudad: Torp y Rygge. Nosotros volamos a Rygge, pero para cualquiera de ellos hay un autobús directo que te lleva desde la puerta del aeropuerto hasta la estación central de Oslo (Oslo Sentralstasjon). El autobús no es excesivamente caro si lo compras en coronas, pero cometimos el error de no llevar coronas de entrada, así que al pagarlo en euros nos sabló lo que le dio la gana, pero bueno, creo que esto fue lo peor que nos pasó en el viaje, porque lo demás fue todo sobre ruedas. 


Nada más salir de la estación y comprobar que estaba nevando, fuimos a un cajero (minibank) a hacernos de unas cuantas coronas. Después de hacernos las primeras fotos con el tigre que hay justo delante de la estación, iniciamos nuestro camino hasta el hostal, el cual encontramos rápidamente, porque estaba bastante cerca. Esa noche la dedicamos a conseguir provisiones para el desayuno y a planear la ruta de los siguientes días. 


El miércoles por la mañana, Vilde, una chica noruega con la que había contactado por couchsurfing, vino a buscarnos al hostel y nos llevó a un sitio llamado Evita, a tomar un café calentito (nevaba otra vez). Nos contó cosas sobre Noruega y sobre Oslo, como por ejemplo que el tigre es el símbolo de la ciudad (supongo que por eso de la fuerza de los vikingos, el frío y demás). Nos habló de los diferentes barrios de Oslo,  nos contó un poco de historia, y finalmente nos llevó a dar una vuelta por Karl Johans Gate, la calle principal de Oslo, donde vimos la Catedral, el Parlamento, la Universidad, el Teatro Nacional (ahí se cogen metros, tranvías y autobuses) y el Palacio Real. Nos explicó un poco como llegar a los sitios que más lejos estaban y nos acompañó a comprar dos pases diarios para el transporte urbano (salieron a 70 coronas cada día, y he de decir que para lo único que sirvieron fue para sentirnos mejor con nosotros mismos, porque en ningún momento apareció ningún revisor a pedírnoslos). 


Después de despedirnos de Vilde, cogimos el autobús 30 hasta la península de Bygdøy, en donde están los museos de temática más interesante. Vimos el Fram, el Norsk Folkemuseum y el Viking Ship Museum. El primero era un gran barco que supuestamente es el barco de madera que más lejos ha viajado tanto al norte como al sur (a ambos círculos polares). El segundo, es un museo al aire libre, que contiene un montón de casas típicas noruegas, traídas desde diferentes puntos del país, y el tercero es un museo donde hay tres barcos vikingos (aunque de uno solo quedaba la base) que eran utilizados en ritos funerarios. 


Después de esto, volvimos al centro en autobús y buscamos un sitio calentito donde asentar nuestras posaderas durante un rato. Entonces hicimos el descubrimiento del siglo: el Deli de Luca y sus cafés más tres bollos por 30 coronas. El Deli de Luca es una cadena de cafeterías que debe de ser como el Starbucks en otras partes del mundo, dabas un pisotón y aparecían seis o siete. Así que, entre bollos de este sitio, sándwiches hechos por nosotros y cheeseburguers del McDonald's, en esto consitió nuestra alimentación durante los tres días que estuvimos allí. Después de eso, sobre las cinco de la tarde y en plena noche cerrada, fuimos a deambular por Akershus, la fortaleza que está junto al puerto (Aker Brygge), donde nos dedicamos a hacernos fotos suicidas. De ahí tiramos al barrio que está junto al puerto, donde había muchos bares y pubs, pero no entramos en ninguno porque decidimos que era mejor dejarnos caer por Grünerløkka, otro barrio de pubs y cafés que pillaba más cerca de nuestro hostel. Así que nada, allá que fuimos a tomarnos un chocolate en un sitio llamado Tea Lounge. El barrio nos pareció bastante muerto para ser la zona de fiesta de Oslo, pero también hay que tener en cuenta que era miércoles y bastante temprano. Además, el concepto de salir de fiesta en Noruega no debe de ser el mismo que en España o Bélgica, por lo que se ve.


Al día siguiente, jueves, dedicamos la mañana a volver a pasear por Karl Johans Gate, esta vez con algo más de tiempo para hacer fotos y curiosear tiendas, pero nada del otro mundo. Después fuimos en metro hasta Vigelandsparken, un parque bastante grande que está decorado con montones de esculturas de Gustav Vigeland, un escultor noruego, y he de decir que esto fue una de las cosas que más me gustó de Oslo. De ahí cogimos un autobus dirección Frognerseteren, el punto más alto de Oslo, pero antes hicimos un alto en Holmenkollen, para ver la famosa plataforma de salto de esquí. Es bastante impresionante, aunque en esta época del año no estaba funcionando, y estaba en obras, de hecho, pero merece la pena verlo. Después de retratarnos delante de la plataforma, volvimos a coger el bus hasta Frognerseteren, donde las nubes no nos permitieron ver del todo el atardecer, pero bueno, es bonito ver todo Oslo y su fiordo desde esa altura, con todo nevado. Cuando nos cansamos de esto, nos cogimos un bus y volvimos a la zona del puerto, dónde también está el museo de arte contemporáneo. Me gustó bastante, incluyendo alguna que otra obra interactiva curiosa. Merece la pena visitarlo teniendo en cuenta que es gratis. Y justo enfrente estaba el museo de arquitectura, pero ya era demasiado tarde y no pudimos entrar a verlo. 


Así que con el dinero que nos habíamos ahorrado ese día (el día anterior habíamos dejado una pasta en museos), nos fuimos al Iced Bar, que es lo que se llamaría un bar comercial en toda regla. No había nadie (de hecho encendieron la música para nosotros) y costaba una pasta, pero no deja de ser curioso  ver un bar donde todo (barra, mesas, sillas, vasos, etc) está hecho de hielo. Te plantan un traje de esquimal encima de tu ropa (abrigo incluido) y entras al bar, que es una especie de cámara frigorífica. Mereció la pena aunque solo sea por las fotos que hicimos. Y en esas estábamos cuando me llegó un sms de otro couchsurfer, Tobi, por si queríamos salir con él a tomar unas cervezas. Así que, luchando contra el temporal de nieve que se desencadenó justo al salir del bar, nos plantamos en Oslo S. (sentralstasjon), donde habíamos quedado con el chico este. En concreto, habíamos quedado delante de la oficina de turismo, que en noruego se dice "trafikanten", me pareció gracioso que se llamase así ya que esa era la zona de Oslo donde más droga se movía. Nos llevó a tomar una cerveza a un pub que no estaba mal, y luego fuimos al bar de un hotel. Si, la gracia era que, aunque sabíamos que iba a ser carísimo, merecía la pena ir, porque el bar estaba en el piso 34, y había unas vistas de Oslo curiosas. Así que cogimos un ascensor exterior de cristal y subimos a una velocidad alarmante hasta el piso 34, para que, después de sentarnos y ver las vistas, nos dijeran que cerraban. Así que, oh que pena, no pudimos dejarnos allí la pasta. Volvimos a coger el ascensor de cristal y nos fuimos a un Karaoke. Ahí, Ceci y Tobi se apuntaron para cantar la Macarena, pero cuando llegó su turno, Tobi ya se había tenido que ir, así que suplanté su personalidad y salí con Ceci a darlo todo, mientras una señora muy simpática nos acompañaba con la coreografía. Una gran noche.


Al día siguiente, después de hacer el check-out, nos fuimos a la Nasjonalgalleriet, donde fui bastante feliz viendo la sala de Munch, incluyendo una de las versiones de El Grito (Shrik). Me hizo mucha gracia imaginarme cómo habían robado el cuadro la primera vez, cogiéndolo y saliendo por la puerta sin más. Lo que era la falta de seguridad hace una década... También vimos algunos cuadros de Picasso, Van Gogh, Manet, etc.
Y de ahí fuimos a ver la Ópera, que es de 2008 y al parecer se sienten super orgullosos de ella, pero que a mí, personalmente, me pareció un poco fea. Cosas de la arquitectura moderna, supongo. 


Y finalmente, cansados como perros, nos enfrentamos a una dura vuelta a casa, llena de autobuses, trenes y aviones, desde donde ahora relato esta bonita crónica del viaje.

1 comentario:

Bichu dijo...

¿Cómo coño puedes haberte ido a Oslo (cosa por la cual te odio) y no haber ido a Brujas? xD

Por cierto, de larga la entrada nada, en mis buenos viejos tiempo te la triplicaba xD.

Tiene pinta de haber sido un viaje genial, sobre todo el bar de hielo :p

PD: Deberías haberte comprado allí un cuerno vikingo, seguro que suscitabas las envidias de Drow.