lunes, 19 de julio de 2010

Everything I do, I do it for... who?

- No trataré de detenerte, porque sé que volverás el lunes.
- ¿Ah, sí? ¿Y cómo sabes que volveré?
- Fíjate... Frank, no te persigue nadie.

(Atrápame si puedes, 2002)

¿En qué momento dejamos de hacer ciertas cosas para nosotros mismos y empezamos a hacerlas para otros?
De todos es sabido que así como hay personas que gustan de destacar en algún campo para alimentar su propio orgullo, existen otras personas que lo único que buscan es el respeto y la aprobación de otros. Pero, ¿de qué depende inclinarse hacia un lado o hacia otro? ¿dónde establecemos la línea divisoria entre el querer querernos y el querer que nos quieran?
Supongamos que el fin último de la vida es la consecución de la felicidad a través del amor (de un amigo, de un familiar, o, valga la redundancia, de un amante). Si esto es así, muchas de las cosas que emprendemos en la vida estarán destinadas, al menos en parte, a la consecución de ese amor. Pero, ¿cómo diferenciar entre lo que hacemos para nosotros y lo que hacemos para los demás, o en qué proporción, si la mayoría de las veces no sabemos que actuamos por o para otros? Muchas de nuestras pretensiones bucean por nuestro inconsciente sin atreverse a alcanzar la superficie de la consciencia, pero eso no significan que no estén ahí. Por ejemplo: cuando alguien se maquilla o se arregla antes de salir, seguramente no recuerde en qué momento de su vida empezó a hacerlo ni por qué, pero el caso es que lo hace y, lo más importante, lo hace rutinariamente, como parte de un proceso. Si escarbamos en las profundidades de esa persona, posiblemente nos dirá que, en parte, lo hace para gustarse a sí mismo, pero en parte también para gustar a otros. ¿Pero qué necesidad tenemos de gustar a otros? Para llamar su atención y apelar a su amor, quizás. En definitiva, queremos querernos y queremos que nos quieran, y constantemente ponemos en marcha actividades que forman parte de un proceso del amor.
El ser humano, por su condición de animal social, necesita de la aprobación de sus semejantes: tanto del aprecio como de la admiración. Y claro, algo tendremos que hacer para conseguirlo: podemos ser listos, podemos ser guapos, podemos ser ricos, o podemos ser una infinidad de cosas que llamen la atención de nuestros congéneres (si fuésemos animales, nos bastaría con ser el más fuerte, o la más fértil). La cuestión es: ¿hasta que punto no nos damos cuenta de esto y vivimos esclavizados por nuestras necesidades sociales? Es difícil saberlo, supongo.
Podríamos pensar, un poco a la ligera que dejamos de preocuparnos por gustar a otros una vez conseguida una pareja que nos quiera, pero no creo que esto sea así, ya que como decía al principio, son muchos los tipos de amor que podemos conseguir y disfrutar, y por tanto, por mucho que tengamos una fuente de amor constante, dudo que alguna vez nos cansáramos de recibir más y más, de muchas otras formas. 
Pues bien, si aceptamos todo esto como cierto, parece que nos debatiremos en la vida en un constante decidir entre hacer las cosas para sentirnos bien con nosotros mismos, por el placer que nos aportan intrínsecamente, y hacerlas para otros, por el placer que nos aportan extrínsecamente, a través de la aprobación ajena. Y este constante dilema parece acentuarse cuanto mayores somos. 

"Bien, Ruth había conseguido crear, y difundir lo que creaba, pero ¿de qué le había servido? ¿Acaso había recuperado el amor de su padre o de su hermana, la imagen de su madre? ¿Acaso había servido para que alguien la quisiera? ¿Acaso había encontrado su verdadera forma por más que se recontara, se recorriera y se persiguiera delante y detrás de una cámara? ¿Podía aportar ella algo a la historia del arte, decir algo que no se hubiera dicho? E incluso si pudiera, ¿le serviría de algo, se atenuaría su angustia, se rellenaría su vacío por ello?" 

Lucía Etxebarría, De todo lo visible y lo invisible.

3 comentarios:

Bichu dijo...

Me gusta que me hagas caso así de rápido xD.

Parece que el texto está escrito como si el comportarse de esa forma fuese algo malo, solo son rituales de aceptación y de reconocimiento, es la forma de ser de las personas.

Aunque siempre podemos probar a ir en pelotas por la calle...

Anónimo dijo...

Querido Elliot, te diré una cosa. Consigue ser lo bastante fuerte como para abrir un bote a la primera delante de una chica, y tendrás todo el amor femenino a tus pies.

Firmado: David Buss

Cuentacuentos dijo...

¡Oh Dios mío! ¡David Buss se ha pasado por tu blog! ¡Y te ha confundido con el autor del libro cuyo color sería perfecto para la estantería de cualquier kinki pacense! Te admiro mucho :)

(Si, estoy acabada, lo sé)