viernes, 19 de febrero de 2010

Magnetismo Espectral.

Las notas del piano vibraban ante los ojos vidriosos de Nela. Observaba con dulzura como las manos de Mario acariciaban grácilmente el marfil de las teclas. Las suyas, en cambio, se sentían frágiles, arañadas por una gélida corriente de aire que se colaba por un pequeño roto de uno de los ventanales del viejo caserón. Una lágrima, fría, descendió por su rostro, barriendo los restos del leve maquillaje de aquella mañana. Una nostalgia ligera la invadió, mientras se acariciaba las manos, intentando reanimarlas. La bruma del exterior le recordaba el telón invisible que caía entre ellos. Quieta, de pie junto al piano, se percató de que él había terminado la pieza. La madera del suelo crujió bajo ellos, cuando Mario se revolvió en la banqueta, con ambas manos cubriéndole el rostro. Las de Nela seguían sin encontrar aliento, pero no era el frío quien las hacía temblar, sino la certera incapacidad para romper esa amarga barrera que los separaba. Eso era todo lo que le quedaba, observar en el silencio, escuchar en la clandestinidad de la lejanía, desdichada, anhelando algo que nunca regresaría. La brisa, que se atrevía a devolverla a ratos a la realidad, agitó levemente su vestido de gasa, mientras las manos de Mario retomaban la mágica tarea de envolver la estancia con su música.

1 comentario:

Cuentacuentos dijo...

Qué gran pieza.

Todo se pierde. Todo. Es una pena, pero es así.

Yo, mismamente, me he perdido esta mañana unos croisanes deliciosos :(