martes, 23 de febrero de 2010

¿Más allá?

Es curioso como pasa el tiempo. Parece que era ayer cuando estábamos aquí mismo, deshojando margaritas, al compás de un tiempo que nos estremecía mientras recortaba nuestras vidas. Recuerdo que el aroma del césped era embriagador, en esas noches de mayo, o quizás era nuestro estado de embriaguez, no estoy seguro, cuando lanzábamos vida al aire, vida que se resistía a caer, a volver al suelo, a la tierra, pero que tarde o temprano acababa haciéndolo. Recuerdo también los majestuosos robles, frente a nosotros, a lo lejos. Parecían reírse de nuestra inocente forma de actuar, de hablar, de mirar, de sentir. Parecían ser más sabios que nosotros, y jactarse de ello. Y era cierto que lo eran, por algo sus raíces, inútiles y necias a nuestros ojos, llevaban lustros viajando bajo tierra, escondidas, sin necesidad de ver la luz, sin saber donde parar. Y nosotros, inocentes, que ni por asomo imaginábamos vida más allá de esa fina capa de hierba fresca que nos separaba del núcleo del planeta, reíamos sin parar, sin comprender, mientras los días se reiniciaban una y otra vez ante nuestras miradas insaciables. Era en esos momentos, cuando las luces se tornaban oscuras, en los que yo, exhausto, me dejaba caer sobre el manto verde, y con las yemas de los dedos acariciaba todo aquello que encontraba a mi paso, mientras mis ojos se perdían en el cénit. Uno de esas veces, mi mano tropezó con uno de tus dedos, y entonces me preguntaste si siempre estaríamos allí. Me incomodó la pregunta entonces, no entendía como podías siquiera plantearte cosa semejante. Cerré los ojos y dormí.

Ahora todo es diferente. El eco de tus últimas palabras retumba en mi cabeza como los tambores en mi estómago cuando llega carnaval. No parezco tener prisa, aunque tampoco parecía tenerla entonces. Intento buscarte, pero no consigo dar contigo. Puedo, sin embargo, sentir tu presencia no muy lejana. Una parte de mí sigue iluminada por la luz cálida del sol, brillante, viva, al menos a ojos de otros que como nosotros entonces, viven inmersos en una enajenación provocada por la embriaguez de los sentidos. Algo de mí, en cambio, está seco, pero vivo al parecer, no tiene luz, pero crece sin remedio. Entonces comprendo. Estamos al otro lado, hemos cambiado roles, roles que ahora nos cuesta manejar. Pero creo que sé como funciona y, mientras siga habiendo luz en la superficie, mis raíces seguirán buscando a tientas las tuyas, hasta dar con ellas, y volver, sin que nadie se de cuenta, a rozar el cielo, bajo la sombra del lugar donde alguna vez vivimos.

4 comentarios:

Ana Belén dijo...

ayyy! me encanta tanto como escribes!
lo k mas me ha gustado ha sido el ultimo párrafo!!!!
kiero una x mi cumple!!!!^^

Cuentacuentos dijo...

Eso podría decirlo Nikki asi sobre la marcha en medio de una discusión de forma espontánea, para luego añadir un fresco y juvenil "amor" con sabor a fresa y lima fresca, todo muy fresco y con mucha frescura. xD

Por otra parte, magistral.

PatriX dijo...

=) qué bonito Hugh!

Anónimo dijo...

Cada vez que lo leo se me humedecen los ojos, y ya van unas cuantas... maravilloso :)