martes, 10 de noviembre de 2009

Y entonces la noche cayó sobre nosotros, cubriéndonos de estrellas.

Estábamos los dos sentados, en una de esas pequeñas sillas de madera, como las que usaban antaño en las escuelas. Tú estabas nervioso, como cuando estábamos en clase y sentíamos irremediablamente que nos llegaba el turno de salir al encerado, te delataba la forma en que tu pierna se movía dando golpecitos en el suelo. Quizás fuera efecto de la silla. Pero quizás no.
Pum. El primer estruendo llenó el cielo, el juego había empezado. Tú te asustaste un poco, nervioso, y yo sonreí. El espectáculo era envidiable, pero yo ya lo había visto muchas veces. En cambio, preferí mirar tu cara, intentando averiguar como habría sido mi cara la primera vez. Sentí nostalgia. Nostalgia de todas esas cosas que una vez vivimos por primera vez, con el sabor de la inexperiencia, y que ya nunca vuelven a verse con los mismos ojos. Recordé la primera vez y volví a sonreír. Tu cara mostraba fascinación, como un niño cuando abre sus regalos. Y entonces supe que la vida merece la pena por esos momentos en que consigues que el rostro de alguien luzca así, olvidándose de todo y rindiéndose a la magia. Pum. De repente, el juego había acabado, una vez más. Y entonces la noche cayó sobre nosotros, cubriéndonos de estrellas.

3 comentarios:

Piña dijo...

Son fuegos? :P

Hugo Martín dijo...

Tiene toda la pinta =P

Anónimo dijo...

te odio...te odioooo....te odiooooo
... porque tú me odias a mi!!!!