miércoles, 11 de diciembre de 2013

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Hacía ya muchos años que el joven Kowalski había dejado de sufrir. Para ser más exactos, hacía mucho tiempo que había dejado de sentir nada. También hacía mucho tiempo que el joven Kowalski había dejado de ser joven, y ahora era conocido como el Señor Kowalski. Pero en su fuero interno siempre estaría presente el vivo recuerdo de su institutriz, que siempre se había referido a él como el joven Kowalski. Porque él había sido uno de esos niños que había tenido institutriz, y esta llegó a conocerle y quererle mejor que su propia madre, pero nunca dejó que los sentimientos que albergaba hacia él anegaran su labor profesional. Como educadora, había aprendido a mantener una firme distancia entre lo personal y lo profesional. Había aprendido que no podía coger cariño a sus alumnos, aunque, como esto era imposible, había aprendido a disimularlo, y este modus operandi quedó grabado a fuego en su corazón, moldeando sus gestos, modulando sus palabras y llevando su comportamiento hacia una neutralidad gélida hasta el final de sus días. Y por ello, cuando el joven Kowalski empezó a sufrir, no le quedó más remedio que hacer como que no se daba cuenta. Día tras día se veía obligada a refrenar la fuerza que la impelía a intentar ayudarle, a intentar darle consuelo y ofrecerle su cariño, y por ello lloraba al llegar a casa tras las clases. A veces incluso lloraba antes de llegar a casa, mientras atravesaba con paso firme las cuatro calles que separaban su casa de la de los Kowalski. En esas ocasiones, eran varias las personas que se acercaban a preguntarle si estaba bien o si necesitaba ayuda, pero ella los despachaba a todos con un rápido gesto de la mano y apretaba el paso más si cabía. 

 Fue una época difícil para ella. Durante muchos años se vio arrastrada por una ingente desesperanza que no podía controlar. La última vez que vio al joven Kowalski, antes de que ingresara en la escuela de medicina, este aún seguía sufriendo. Aún recuerda el semblante estoico e imperturbable con el que se despidió de ella, y esa imagen suya sería la última que acudiría a su recuerdo cuando pocos meses después su luz se esfumara de un plumazo y sin tan siquiera avisar. Pero claro, el joven Kowalski nunca supo nada de esto. En su mente de adolescente atormentado no había hueco para la comprensión o el entendimiento. Él nunca pudo imaginar que su sufrimiento se traslucía a través del fulgor agridulce de su mirada, que se acentuaba en los días nublados. Él nunca pudo ni acariciar la idea de que otro ser humano pudiera comprender lo que se había roto en su interior. Ni siquiera se enteró de que su institutriz había fallecido sino hasta varios meses después del sucedo. A la Señora Kowalski no le pareció algo digno de mención como para molestar a su hijo y distraerle del ajetreo académico, así que no se lo comunicó hasta que éste volvió para la cena de Navidad. Al joven Kowalski le apenó enterarse de la muerte de su institutriz, pero la pena que sintió en ese momento era ínfima comparada con el sufrimiento que a diario le atormentaba y no pudo más que disolverse como espuma blanca en aquel mal de amargura. La noticia desapareció tras la cresta de una ola tan rápido como apareció. 

 La señora Kowalski nunca supo que su hijo sufría. El joven Kowalski nunca supo que su maestra le comprendía.

domingo, 20 de enero de 2013

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La belleza asimétrica de Midori se reflejaba en el anverso de la cucharilla mientras removía su café, doble de leche y con tres azucarillos, todo lo contrario a él, que lo bebía solo, negro y puro. Lo tomaba así a diario desde hacía años, y ese insignificante ritual que repetía todas las mañanas le hacía sentirse confiado y seguro. Lo veía como la evidencia certera de que podía lidiar con todo lo amargo del mundo, sin la vana necesidad de suavizar las cosas, de alterar su esencia para hacerlas más soportables. 
Llevaban un rato mirándose en silencio. Pero no era uno de esos silencios incómodos que se producen cuando la gente se ve en la obligación de encontrar las palabras adecuadas para impresionar al otro. No, esa fase ya la habían pasado. En su lugar, sus encuentros se veían colmados por ese tipo de silencios con un alto valor hedónico, que aparecen de forma espontánea cuando se tiene la suficiente confianza como para disfrutar de la compañía mutua sin tener que abrir la boca más que para dar lentos sorbos de café. Cuando la comunicación se eleva a otro nivel más instintivo y visceral, donde las palabras se hacen innecesarias.
Durante las últimas semanas, sus encuentros habían seguido todos un patrón bastante similar, donde sonrisas lánguidas y tenues miradas cubrían el espacio vacío creado por la ausencia de palabras. Hacía tiempo que los dos sabían lo que pensaba el otro. Y no solo eso, sino que además los dos sabían que el otro lo sabía. Sin embargo, ninguno se atrevía a transportar sus sensaciones al canal verbal. Tenían miedo de que entonces, en medio de ese torbellino de términos inexactos, alguno agotara su léxico afectivo, y entonces surgiera de la nada uno de esos silencios incómodos que tanto temían. Era su forma, genuina y legítima, de evitar equivocarse a causa de impulsos imprudentes, de mantenerse en un limbo emocional en el que nada importaba, porque nada existía. Las cosas se vuelven reales cuando se dicen en voz alta, y ese era un precio que ninguno estaba dispuesto a pagar.

martes, 10 de abril de 2012

barri gòtic I






Fotografía: Hugo Nakamura


Modelos: Hugo Nakamura
        Elisa Fisher
            Sara G. Bayón

                                                                                              4/04/12 Barcelona